Este extraño verano va tocando a su fin. No ha sido fácil acostumbrarse a esta “nueva normalidad” tan extraña que nos ha obligado a replantear nuestra sociedad, nuestra cotidianidad y prioridades; desde el sistema sanitario y educativo, hasta la forma en la que nos cuidamos a nosotros mismos, como acto de responsabilidad global, o el trato que damos a nuestros mayores. Ni siquiera algo tan mundano como un viaje en metro es como antes. 

Hay demasiadas emociones detrás de cada mascarilla, una distancia social obligatoria que no ayuda a los que ya tendemos a aislarnos y un mañana incierto que nos obliga a esperar.

Todo ha cambiado y lo seguirá haciendo. Y, dicotomías de la vida, la incertidumbre parece en estos momentos nuestra única certeza.

Este ha sido un año bastante caótico y ahora… septiembre, que se viste con las mismas inquietudes que nos robaron el sueño los meses anteriores. 

Estamos presenciando cómo el ser humano, como individuo y como sociedad, es capaz de convivir con esta incertidumbre y con tantas preguntas para las que sólo el tiempo tendrá las respuestas. ¿Habrá un nuevo confinamiento?, ¿podrán los niños incorporarse a sus clases?, ¿volveremos a ver a nuestros mayores?, ¿podremos mantener nuestros trabajos?, ¿volverán los balcones a convertirse en nuestra única conexión con el otro? Demasiado que asumir, demasiadas dudas que nos hacen sentirnos un poco más vulnerables.

No sabemos qué esperar, no podemos predecir qué sucederá en el futuro más próximo. Y lo necesitamos. Para funcionar, nuestro cerebro necesita poder planificar, porque en ese saber qué ocurrirá, encontramos seguridad. Y qué importante es esa sensación de seguridad cuando todo parece incierto. Qué importante es tener anclas y poder poner la atención en el presente cuando uno está diagnosticado con Trastorno Límite de la Personalidad. 

El mundo de la salud mental ya era una gran incógnita para la mayoría antes de que supiéramos lo que era una pandemia global. Incluso para mí, que llevo tantos años visitando especialistas y con un diagnóstico que lleva más de una década conmigo y que, en la mayoría de los casos ha impregnado mis vivencias mucho más de lo que podría hacerlo una mascarilla. 

No es cómodo salir a la calle con mascarilla y gel hidroalcohólico, pero es lo que nos ha tocado vivir. Con más o menos amabilidad, nos vamos acostumbrando y lo vamos incorporando a nuestra historia. 

No es fácil salir a la calle con un trastorno mental, pero es lo que nos ha tocado vivir. Y lo asumimos, no tanto desde la resignación en la que subyace cierto pesimismo, como desde la aceptación y compasión de saberse un poco más vulnerable, un tanto más extraño, un poco más solo en el mundo. Aceptarse con grandes dosis de incertidumbre y de humildad, tal y como estamos aceptando este virus que lo ha cambiado todo, que ha hecho tambalear las raíces del mundo globalizado. 

Porque un diagnóstico como el de “Trastorno Límite de la Personalidad” también hace que los cimientos de uno se tambaleen, se sacudan con fuerza; y si bien da respuesta a tantas preguntas, no siempre son las que buscábamos.

Con mucha incertidumbre, con miedo y bastante soledad, cada una de las personas que vivimos con un problema mental hemos intentado salir adelante, con las mismas inseguridades que el resto, y con ese añadido, nuestro diagnóstico que, si bien hace que a menudo replegamos las alas no debería coartar nuestro vuelo.  

AMAI-TLP ha publicado un informe sobre la crisis que sufre la atención a la salud mental, eclipsada por la Covid-19 y que se ha traducido en “un agravamiento sintomático de algunas patologías que ha supuesto un retroceso en el proceso de terapia y un aumento de autolesiones, intentos de suicidio y crisis de angustia”. Con la humildad que da el saberse frágil, he de reconocerme dentro de este grupo. Pasar de un ingreso en psiquiatría al confinamiento no fue fácil. Y eso que yo estoy del lado de los afortunados que contamos con más recursos que los que ofrece la sanidad pública. 

Porque algunos, los más afortunados, tenemos la suerte de contar con ayuda más allá del circuito de la sanidad pública, tan limitado antes y mucho más ahora. 

Algunos, los más afortunados, hemos podido refugiarnos en estos tiempos extraños en AMAI TLP. Con cierta vergüenza, pero con toda la humildad, reconozco que no sé cómo habría superado esta situación sin la ayuda de Sara, mi terapeuta, que me ha servido de faro en este mar turbulento, de espejo en el que encontrar mi perdido reflejo, y que ha sido capaz de contener mis miedos y encender las luces que yo he ido apagando.

Mi miedo, mi incertidumbre, mi aislamiento, no es único. No estamos solos en esto. Puedes, podemos identificar ese sentimiento y ponerle nombre, porque existe y está en todos nosotros; porque todos, en mayor o menor medida, tenemos la sensación de que esto nos supera y escapa a nuestro control. 

La incertidumbre en la que estamos viviendo nos une a todos y podemos acompañarnos en ese sentir. 

Terminé mi anterior escrito con un canto a la esperanza, a la compasión y la humildad. Terminé con un “nos queda mucho por vivir”. Hoy, después de este verano extraño, me gustaría añadir que podemos hacerlo acompañados, encontrándonos en nosotros mismos y en el otro. 

Podemos buscar anclas, apoyos, porque los necesitamos. Porque nos hace falta tener esperanza. Porque siempre hay algo de bondad en ese sentirse esperanzado y la bondad, es el punto más elevado del ser humano, la base de un cerebro sano y el faro que nos salva de la incertidumbre. 

 

AMAI TLP

AMAI TLP

AMAI TLP, es la Asociación Madrileña de Ayuda e Investigación al Trastorno Límite de la Personalidad.