Dentro de la perspectiva psicodinámica destacan autores que atribuyen la patología límite a un conflicto entre la autonomía del niño y el deseo del cuidador por mantener la proximidad, un conflicto que generaría una ambivalencia tan intensa que no permitiera consolidar la propia identidad del niño.
Autores tan destacados como Otto Kernberg consideran que el trastorno tiene su origen en la subfase de reacercamiento dentro de la fase de separación-individuación, entre los 16-30 meses. En ese momento el niño no interioriza la presencia de la madre como constante, temiendo que las separaciones terminen con la desaparición de la misma. Eso generará que esa ansiedad por separación sea revivida en la adultez por falta de imágenes internalizadas estables de apego, lo que generará regresiones a estados del yo más primarios.
Teoría del apego:
Bowly (1988) define la conducta de apego como una propensión instintiva, mostrada por los humanos y otras especies superiores, a buscar seguridad en la cercanía a un individuo específico percibido como protector, en situaciones donde se dispara el miedo u otros sentimientos asociados con la percepción de vulnerabilidad.
Hay cuatro estilos de apego: el seguro, el inseguro evitativo, el inseguro ambivalente y el desorganizado.
El inseguro ambivalente y el desorganizado son los que se relacionan con el TLP.
En el apego ambivalente el niño desarrolla ansiedad e incertidumbre sobre cuándo poder depender o no de sus padres porque no está seguro de lo que puede esperar. Esta ambivalencia crea una inestabilidad en la relación padre-hijo que continuará en las relaciones futuras. Este tipo de apego se relaciona con TLP sin rasgos disociativos.
En el apego desorganizado, las conductas de los padres son fuente de miedo o desorientación en el niño y sus necesidades no son satisfechas. Este tipo de apego se relaciona con el TLP con sintomatología disociativa. Basándose en los estudios de Winnicott y Bowlby, Peter Fonagy postuló que el fallo de los cuidadores a la hora de responder a los estados mentales del niño era la causa de sus futuras dificultades para conocerse a sí mismo y empatizar con los demás. Esto produciría en estos sujetos una dificultad para mentalizar que lo haría vulnerable de padecer un trastorno límite (Gunderson, 2009). Con el concepto mentalizar, Fonagy se refiere a la capacidad de interpretar los estados mentales subyacentes (intenciones, sentimientos y pensamientos) de los comportamientos propios y de los demás (Rodríguez y Murias, 2006; Mosquera y González, 2011). Esta problemática del cuidador hacia la futura persona con trastorno límite de la personalidad, explican Mosquera y González (2011) se daría por una relación de apego inestable y caótica generadora de un patrón de relaciones interpersonales inestables e intensas.