La primera vez que escuché la palabra “coronavirus” estaba hospitalizada en una unidad de psiquiatría. Fue una madrugada a comienzos de febrero. El insomnio me acompañó también aquella noche y, para no molestar a mi compañera de habitación, salí del cuarto a caminar por el pasillo, esperando a que se hiciese de día. 

Maite, una de las enfermeras del turno de noche, se convirtió en mi ángel de la guarda en aquellas horas de desvelo. Cada noche, me abría la sala donde hacíamos terapia de grupo para que pudiese sentarme a leer. Era un amplio salón con sillas alrededor, una televisión y una pequeña librería. Ella me dejaba escoger un libro y me ponía la televisión. “Te pongo la tele bajita para que te haga compañía mientras lees”. Después me señalaba la silla en la que podía sentarme, así ella podía verme desde el puesto de enfermería, en el otro extremo del pasillo. Aún no salíamos a ovacionar a los sanitarios desde los balcones, pero yo ya sabía que el cariño con el que aquella abnegada enfermera atendía a todos los pacientes era digno de todos los elogios. 

Pasé la noche leyendo y, cuando empezó a amanecer, una noticia del informativo matinal llamó mi atención. Había fallecido el director de cine José Luis Cuerda. Al oír su nombre, mis ojos salieron del libro de poemas que tenía entre manos y me quedé absorta mirando la pantalla. En mi primera juventud hice varios castings con él y era un hombre al que guardaba un especial cariño. Mientras daban la noticia, un rótulo al pie hablaba de un virus en Wuham, algo llamado “coronavirus”, un virus lejano que no parecía tener nada que ver con mi realidad; mucho menos en aquel momento en el que estaba confinada en un hospital. Pero aquella palabra se me quedó en la memoria. Quizá por lo curioso del nombre, quizá porque es difícil olvidar todo lo que te ocurre en un ingreso así; tal vez porque lo leí mientras se me escapaba una lágrima por la muerte de aquel cineasta que, entre prueba y prueba de cámara, me preparaba un zumo en su cocina mientras me explicaba las líneas del guion. 

Cuando salí del hospital, aún no se había declarado la pandemia global, pero el SARS-COV 2 ya estaba causando estragos en Italia, y Lombardía había comenzado su confinamiento. Ya no parecía algo tan lejano, pero el imaginario colectivo seguía resistiéndose a pensar en lo que vendría. En España aún estábamos en fase de negación porque ese virus no tenía nada que ver con nosotros. 

Es curioso cómo funcionan los mecanismos de defensa; a mí me costó once años asumir mi diagnóstico de Trastorno Límite de la Personalidad. ¿TLP? Esas siglas no tenían nada que ver conmigo, pese a que todo a mi alrededor se derrumbaba. Había leído mucho al respecto, pero me negaba a asumir mi realidad. Creo que fue Jung quien dijo aquello de “el ser humano, habitualmente, prefiere aferrarse a sus ideas antes que enfrentarse a realidades que, si integrara en su ser, podrían ayudarlo a despertar”. Yo desperté once años después de que este trastorno apareciese por primera vez en mi vida. Fue en aquel ingreso en el que escuché por primera vez la palabra coronavirus. 

Un ingreso en una unidad de psiquiatría te cambia en muchos sentidos. Es un punto de inflexión que te deja huella. Allí la libertad es un lujo que vas ganando en base a la confianza que van depositando en ti los profesionales que te tratan. Tienes que ganarte esa libertad y la única forma de hacerlo es con tu progreso, mejorando un poco cada día. Allí el mundo exterior se detiene y son muchas las veces en que el pensamiento “cómo he llegado a esto” te viene a la cabeza. Son muchas las lecciones que la vida te enseña en un sitio como ese. Yo entendí que había tocado fondo. Demasiados años negando la verdad, evitando un diagnóstico, evitándome a mí misma y con ello, cualquier tipo de ayuda en la dirección correcta. Mi cabeza se había convertido en una máquina creadora de monstruos y, de todos ellos, yo era el que me daba más miedo. Estaba tan llena de dolor, culpa y vergüenza que me pasé más de dos años sin mirarme a los ojos. La palabra “esperanza” ya no tenía sentido para mí. Así fue como viví un confinamiento previo al que después nos ha tocado vivir a todos. 

La mejor enseñanza que me llevé de aquel “encierro” fue una recomendación del psiquiatra que me atendió cada día. Puso las siglas TLP frente a mí y me explicó cómo ese diagnóstico estaba afectando a todos los aspectos de mi vida. No me dejó negarlo y, en esta ocasión, no tuve la opción de mirar a otro lado. Me habló de una asociación especializada en este trastorno, AMAI TLP, y me recomendó empezar allí una terapia cuando me diese el alta. Y le hice caso, y ahora, 2 meses después de aquello, no puedo sentirme más afortunada de haberlo hecho. No soy quién era y creo que nunca lo seré, pero la palabra “esperanza” va adquiriendo sentido. 

Esta cuarentena no está siendo fácil para nadie. No es cómodo asumir un confinamiento impuesto en el que vas ganando libertades en función de unos datos que no están bajo tu control: casos diagnosticados, altas recibidas y cientos de fallecidos cada día. Y lo peor, detrás de cada uno de esos datos hay familias, historias de vida. Detrás de cada cifra hay dolor, frustración y miedo. 

Vivir una crisis de esta magnitud en primera persona te cambia en muchos sentidos, es un punto de inflexión que te deja huella. Son muchas las lecciones que la vida te enseña en una situación como esta. 

Es la primera vez que como individuos nos enfrentamos a algo así, pero no es la primera vez que la Humanidad se ve amenazada por un virus. Antes de la Covid-19, la Historia ya nos dejó evidencias de las consecuencias demoledoras de las epidemias. Viruela, Sarampión, la mal llamada “gripe española”, la peste negra y el VIH fueron las más letales, pero no las únicas. Todas ellas se llevaron muchas vidas, demasiadas. De todas ellas la Humanidad sacó lecciones importantes que cambiaron el curso de la historia. Tras la peste negra, el espacio geopolítico cambió, llegaron a todas las ciudades de Europa los sistemas de alcantarillado y se hizo especial hincapié en la eliminación de residuos. Aumentar la higiene fue la mejor arma contra la mortífera bacteria. Más de la mitad de la población europea falleció, pero la sociedad reaccionó y se instauró una política más eficaz sobre el urbanismo y la higiene pública. La sociedad supo sobreponerse, llegó el Renacimiento y entramos de lleno en la Edad Moderna. Los esfuerzos se centraron en avanzar científicamente y en establecer una nueva relación con la naturaleza. 

La pandemia que hoy vivimos también puede traer grandes cambios y hay algo que diferencia a este virus de los anteriores, esta es la primera vez que una epidemia de tales proporciones llega al mundo globalizado, interconectado por las nuevas tecnologías. La higiene sigue siendo clave, pero el hecho de estar conectados con individuos de todo el globo, nos ha hecho darnos cuenta de que no solo la salud física es importante, también la salud mental tiene un papel fundamental en tiempos de confinamiento. En las redes se han viralizado artículos sobre el insomnio, la ansiedad o la depresión. Las consultas psicológicas online han crecido un 200% durante la cuarentena del coronavirus. Yo tuve la suerte de poder empezar mi tratamiento en AMAI TLP antes de que en España se declarase el estado de alarma, y en este tiempo de confinamiento, me dieron la posibilidad de seguir con la terapia desde casa. 

Quizá ahí está la esperanza tras esta catástrofe; puede que nos sirva para entender que la salud mental y la física no pueden no coexistir. Quizá tras esta distopía que nos ha tocado vivir en primera persona, dejemos de estigmatizar a las personas con algún padecimiento mental y seamos capaces de empatizar más con el dolor; tanto con el nuestro como con el de los demás. Quién sabe, quizá después de que todo esto pase, reaccionemos como sociedad y reflexionemos sobre la importancia del afecto, el poder curativo de una sonrisa, la fuerza que nos da sabernos vulnerables. Tal vez nos sirva para analizar por qué a estas alturas de nuestra historia, seguimos sin darle a la salud mental la importancia que merece. Quién sabe, quizá empecemos a entender que un ingreso en psiquiatría o empezar una terapia psicológica es reconocerse frágil; es una oportunidad para mejorar y cuidarse, para cambiar, pero no para avergonzarse.

 

AMAI TLP

AMAI TLP

AMAI TLP, es la Asociación Madrileña de Ayuda e Investigación al Trastorno Límite de la Personalidad.