Con este relato, David Henche participó en el concurso de relatos cortos del Hospital de Día Lajman

Me sorprende que aún permanezca el aroma a rosas frescas y tabaco rancio, como si en estos años la casa se hubiera transformado en un invernadero de rosas hibridadas con planta tabaquera americana.

En el salón continúan inertes los muebles que nos regalaron mis padres cuando nos casamos arropados por una manta de polvo. Los sofás, mugrientos y desgastados, soportan los kilos de las revistas a las que lleva suscrita desde hace décadas. Por el suelo también hay repartidas antiguas publicaciones de moda y el papel couché teje una alfombra polícroma, brillante y resbaladiza.♫ “No te asombres si te digo lo que fuiste
Un ingrato con mi pobre corazón
Porque el fuego de tus lindos ojos negros
Alumbraron el camino de otro amor.” ♫

Me siento encerrado esperando para servirle de cena a otro animal más grande que me despedazará sin remordimiento. El pasillo está oscuro y camino inseguro hacia una luz blanca y muy brillante que parpadea en la habitación. He perdido la visión periférica y atravieso la casa como si estuviera caminando por un túnel tenebroso. Estoy mareado; me tiemblan las piernas; tengo la boca seca y estoy sediento; sudo; el corazón me late muy deprisa y después del infarto esto no me ayuda.

♫ “Y a pesar que te adoraba tiernamente Que a tu lado como nunca me sentí 

Y por esas cosas raras de la vida
Sin el beso de tu boca yo me vi.” ♫

A medida que me acerco el volumen de la música aumenta y la voz se distorsiona. Cierro los ojos y me concentro intentando adaptarme, pero no consigo entender nada de lo que está ocurriendo.

Estoy sólo a tres pasos de alcanzar la puerta y encontrarme con ella, pero tengo ganas de dar media vuelta, pegar un portazo y marcharme. Inspiro profundamente y exhalo vaciando por completo los pulmones; apoyo la mano en la puerta que está helada y escucho otra estrofa.

♫ “Amor de mis amores, dueño mío, qué me hiciste,
que no puedo conformarme sin poderte contemplar,
ya que pagaste así mi cariño tan sincero,
solo conseguirás que no te nombre nunca más” ♫

El dormitorio huele a la cera derretida que han llorado las velas creando el lugar en el que se originan los arcoíris. La luz danza al ritmo que marcan las cortinas y éstas a su vez al compás de la música y del viento que se cuela por la ventana.

La bestia para la que hoy soy el menú, está sentada en una butaca azul. De su cabeza, igual que serpientes enfurecidas, salen disparados los alambres de un tocado desvencijado. El pelo blanco recogido en la nuca acentúa el óvalo hinchado de la cara. Los lóbulos laxos de las orejas soportan el peso de unos enormes pendientes de plata. Los ojos verdes y vivos que recordaba, enmarcados por unas teatrales pestañas postizas están visitando algún lugar remoto de su cabeza. Los labios son dos líneas finísimas que se abren y se cierran tarareando en silencio la canción y me doy cuenta de que ha perdido parte de la dentadura.

♫ Amor de mis amores si dejaste de quererme,
no hay cuidado que la gente de eso no se enterará,
que gano con decir que tu amor cambió mi suerte,
se burlarán de mí, que nadie sepa mi sufrir. ♫

Tiene una copa de vino tinto apoyada en el regazo y la sujeta con las manos protegidas por unos mitones de piel teñida de azul. Lleva un vestido amarillo de crepé de seda china demasiado abierto para su edad y el escote exhibe de manera obscena la piel arrugada del tórax cuyos los pliegues descendentes desaparecen en el inicio de los senos. Un camafeo de plata similar a los pendientes le abrocha la capa con la que se reguarda del tiempo, es de vellón azul y cae fusionándose con el tapizado de la butaca creando una estatua débil que parece que vaya a quebrarse y deshacerse en cualquier momento.

Noto que vuelve. Parpadea y me mira. Sonríe.

-Has tardado en llegar. Tienes el traje y la camisa planchados y colgados en el armario, pero he preferido que seas tú quien elija la corbata. Debes darte prisa, aunque antes sírvete una copa de vino y cuéntame que tal te ha ido el día. Hoy te he echado de menos.