Una de las prioridades centrales de la investigación y la intervención en materia de Salud Mental se ha centrado históricamente -más allá de considerar, comprender y atender las diversas problemáticas de índole psicológica- en disponer un escenario y fomentar una sociedad donde se provea una mentalidad de promoción de salud.  

La propia definición de la Organización Mundial de la Salud (OMS) ya en 2005, proponía una consideración de la Salud Mental que representaba no solo la ausencia de la enfermedad, sino que también hacía alusión a un estado de bienestar en el que la persona se realiza y es capaz de hacer frente al estrés normal de la vida, trabajar de forma productiva y contribuir a su comunidad.

Esta definición de la Salud Mental hace referencia a la importancia de considerar que las bases del bienestar y el funcionamiento de las personas y de la sociedad están irremediablemente conectadas con la prevención de los diversos trastornos psicológicos, así como en el éxito en el tratamiento y la rehabilitación de los mismos. En otras palabras: el compromiso y la motivación por el cambio terapéutico de la persona representan ‘la gasolina’ del proceso, sin los cuales pierde sentido la mirada global de Salud Mental de la que parte la OMS.

Esto cobra especial importancia si se tiene en consideración el hecho de que, durante años, la denominación de “servicios de Salud Mental” ha transmitido la idea de que “Salud Mental” es sinónimo de “Enfermedad Mental”, alejándose por tanto de la concepción de Salud Mental citada previamente. 

La intención final de las acciones en promoción de la salud es potenciar en las personas y las comunidades, afectadas o no por la enfermedad mental, la capacidad para identificar, controlar y utilizar los recursos necesarios para la mejora de la calidad de vida. El trabajo que se lleva a cabo con las personas con un diagnóstico de Trastorno Límite de Personalidad persigue no solo la intervención en el impacto del trastorno o la prevención de dicha enfermedad y su consiguiente sintomatología, sino también la búsqueda de una mirada de promoción de salud que no se limite a mermar o neutralizar los factores de riesgo o disparadores de la patología, sino que a su vez provea un ambiente y nutra un espacio que favorezca el despliegue y mantenimiento de los factores de protección o elementos funcionales de la vida de la persona afectada.

La intención final de las acciones en promoción de la salud es potenciar en las personas y las comunidades, afectadas o no por la enfermedad mental, la capacidad para identificar, controlar y utilizar los recursos necesarios para la mejora de la calidad de vida.

Esto queda patente en la anécdota que me permito compartiros a continuación:

Recuerdo que en la sesión de arranque del Taller Ocupacional que actualmente dirijo en AMAI-TLP pensé en hacer unas preguntas para conocer mejor a los pacientes interesados en la propuesta. Reconozco que uno de mis objetivos era que mi mirada asistencial no nublase mi percepción y pudiese conocerlos más allá de sus perfiles diagnósticos, síntomas o dinámicas relacionales perniciosas.

Quise saber qué hobbies tenían, que música escuchaban y me sorprendió enormemente la reacción que recibí. Nunca olvidaré que una persona se emocionó y me dijo: “Nunca me habían preguntado algo así en el ámbito sanitario, significa mucho para mí”.

Esto me hizo reflexionar:

¿No somos los profesionales sanitarios personas que abogan por el bienestar y la calidad de vida?, ¿no estaríamos, por tanto, en esa cruzada por buscar analizar y trabajar la patología tendiendo a aliarnos ciegamente con la parte enferma de las personas? De ser así, estamos olvidando que todos, más allá de un complejo diagnóstico o trastorno, disponemos de una parte sana que, de hecho, constituye fundamentalmente el pilar y eje central de la responsabilidad en la mejoría de la vida de dicha persona.

En mi opinión, y siguiendo esta línea de razonamiento, el cambio y los hábitos de Salud Mental deberían estar basados en un modelo que permita o promueva el empoderamiento de los afectados, que más allá de mermar los déficits y neutralizar los obstáculos pretendiese la incesante búsqueda de aquello que le funciona a la persona interesada en el cambio terapéutico.

Para ilustrar esta última idea podríamos hacer referencia a la ya famosa metáfora que nos muestra la utilidad de enseñar a una persona a pescar en vez de darle pescado un día. Esta reflexión se hace un poco más visible cuando atendemos al “fenómeno del círculo vicioso de la ineficacia autopercibida”.

¿No somos los profesionales sanitarios personas que abogan por el bienestar y la calidad de vida?, ¿no estaríamos, por tanto, en esa cruzada por buscar analizar y trabajar la patología tendiendo a aliarnos ciegamente con la parte enferma de las personas?

Las personas con un trastorno de la personalidad, suelen estar, frecuentemente, acostumbradas a iniciar y abandonar procesos terapéuticos que no les funcionan, pudiendo acabar instalándose en un “efecto de puerta giratoria” que agudiza su sufrimiento por la dificultad a la hora de desarrollar recursos eficaces de gestión del propio malestar.

La premisa que postula este fenómeno es que se refuerza la percepción de la ineficacia puesto que, aunque se logra paliar temporalmente la expresión del malestar, este no es tratado (o resuelto) de raíz, razón por la que tienden a volver a solicitar dicho ‘parche asistencial’ de forma continuada, sin dar en numerosas ocasiones con una solución eficaz para sus necesidades específicas.

En otras palabras: al tratar de resolver sin éxito los conflictos psicológicos, enganchan y solapan un proceso con otro y en muchas ocasiones sin un beneficio terapéutico evidente, agravando esto a su vez el malestar y reforzando una autoimagen débil por la dificultad percibida a la hora de gestionar dicha problemática.

Las personas con un trastorno de la personalidad, suelen estar, frecuentemente, acostumbradas a iniciar y abandonar procesos terapéuticos que no les funcionan, pudiendo acabar instalándose en un “efecto de puerta giratoria” que agudiza su sufrimiento por la dificultad a la hora de desarrollar recursos eficaces de gestión del propio malestar.

Esta idea toma especial importancia al incidir en el peso de la carencia de una mentalidad de promoción de la salud en el proceso terapéutico. Si no se indaga en aquello que le funciona a la persona afectada, si no se persigue la búsqueda de habilidades de regulación y resolución que puedan ser extrapoladas del espacio terapéutico a la vida propia, tenderá a repetir los mismos patrones deficitarios: “Si nada cambia, nada cambia”.

Se podría concluir, por tanto, que la problemática en el manejo del malestar estaría irremediablemente ligada a la ausencia de recursos de gestión y regulación personales útiles, reforzando una vez más la dependencia de dichas personas a los recursos de Salud Mental.

Asimismo, la creciente presión asistencial ha contribuido a reforzar esta idea, en la medida que los profesionales sanitarios dedican la mayor parte de su tiempo al tratamiento de la enfermedad y no tanto a la promoción del bienestar o la Salud Mental.

La promoción de la Salud Mental supone, por tanto, la adopción de un enfoque basado en una perspectiva positiva que busca el equilibrio entre acciones preventivas para la solución o reducción de déficits y aquellas que potencian la salud de las personas y comunidades, considerando relevante todo aquello de lo que tenemos a nuestro alcance para la salud: aptitudes, recursos, talento y oportunidades.

En última instancia, lograr un equilibrio entre la prevención de la enfermedad y la promoción de la salud es una tarea compleja, pero conviene cohesionar las acciones y directrices en ambos sentidos para lograr que lo individual y lo social sean una suma consistente, formando parte del diseño integral de iniciativas que permitan promocionar la Salud Mental a través de la prevención, repercutiendo asimismo en la reducción de la prevalencia de diferentes enfermedades, incluyendo el Trastorno Límite de Personalidad.

La promoción de la Salud Mental supone, por tanto, la adopción de un enfoque basado en una perspectiva positiva que busca el equilibrio entre acciones preventivas para la solución o reducción de déficits y aquellas que potencian la salud de las personas y comunidades.

Alejandra Araluce

Alejandra Araluce

Alejandra Araluce es licenciada en Psicología, experta en en la corriente de la Psicoterapia Sistémica y en el Trastorno mental grave y enfoques ocupacionales. Actualmente dirige el taller de Funcionamiento y autonomía.