“Me debato entre los confines de un sentimientos de ahogo y omnipotencia,

de independencia y de dependencia;

de sentir y de saber,

polos opuestos de un mismo todo o nada”.Que complejas se pueden hacer dos palabras de nuestro habitual vocabulario “pedir” y “ayudar”. Cuando van solas, suelen resultarnos mucho más sencillas que cuando la ponemos a caminar de la mano y tenemos por resultado: “pedir-ayuda”.

¡Cuántos miedos acompañan a la necesidad de pedir ayuda! Aparecen los “y si…”: no me ayudan, piensan que soy débil, no me quieren, me hacen daño, me dan la espalda, no me comprenden, me tratan diferente…

Los “y si” aparecen fantasmagóricamente, anticipando todos y cada uno de nuestros pasos. Son fascinantes y aterradores porque cuando aparecen tienen la capacidad y el poder de hacernos temblar, como si atravesáramos un campo de arenas movedizas. Porque nosotros podemos con todo y a la vez, de nuevo, no podemos con nada.

Pedir ayuda es siempre un proceso de difícil envergadura. El primer paso -y quizás el más complejo- es el de reconocer que necesito ayuda: asumir que yo solo no puedo con esto. Da igual si estamos montando los muebles del Ikea, si tengo la pierna rota, o si estoy sintiendo una emoción tan devastadora que no me permite levantarme de la cama. El primero de los pasos es darme cuenta en un proceso consciente y doliente de que no puedo. Y “no poder” supone llorar por nuestro polo omnipotente y asumir que me estoy ahogando.

El problema es que a veces cuando puedo darme cuenta de que me estoy ahogando, ya no puedo pedir ayuda, porque en ese momento lo que necesito es un equipo de rescate que me saque de este aleteo en el que no puedo continuar. En habilidades rehabilitadoras trabajamos esta diferencia con el símil de una playa en el que ante una fuerte corriente; si nos damos cuenta a tiempo en la orilla, todavía podemos pedir ayuda. Pero cuando estamos mar adentro, necesitamos un equipo de salvamento que nos rescate. De hecho, a veces, si los otros intentan ayudarnos, al final se ahogan con nosotros y necesitan también ser rescatados.

Cuántas veces sucede que en el proceso de pedir ayuda, no la pedimos, pero nos quedamos anclados a un anhelo de ser ayudados. Es decir, me enfado e incluso muestro emociones contrariadas con aquellos (que sin saberlo) me deberían ayudar. “¿Por qué pedir ayuda si no me la van a dar?” Y una vez que nos sentimos defraudados, perpetuamos el ciclo de frustración y desconfianza.

Como en toda habilidad adquirida, a pedir ayuda también se aprende. A menudo los modelos de referencia que me piden que busque ayuda, no predican con el ejemplo; generalmente no me han enseñado previamente a hacerlo. Tal es así que en muchas ocasiones nos vemos avocados a repetir el modelo de “yo solo puedo con todo”. No siempre es fácil saber ¿cómo?, ¿cuándo?, ni a ¿quién? pedírselo. Dar respuestas a estas preguntas a veces es un proceso complejo y laborioso.

Pero en esta ambivalencia de sentimientos entre el miedo y la inseguridad, a menudo se erige la fortaleza, la valentía y el coraje; permitiéndonos dar un paso al frente.

Diariamente en AMAI observamos que estos tres potenciales acompañan a cada persona y a cada familia hasta nuestra asociación y con todos los “y si…” del mundo cruzan la puerta y se sientan frente a nosotros.

Los seres humanos somos un compendio de fragilidad y de fortaleza; de miedos y de valentía; y de autonomía y dependencia. Es fascinante asumir que lo somos todo y mucho más, que podemos serlo todo y que con ayuda podemos montar el mueble de Ikea, reparar nuestra pierna y regular nuestra emoción. Poder ser y sentirnos acompañados en un proceso de construcción y cambio, sea cual sea, siempre suma.

Darle permiso a aquello que nos merecemos, a veces es necesario.

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AMAI TLP

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AMAI TLP, es la Asociación Madrileña de Ayuda e Investigación al Trastorno Límite de la Personalidad.