Por:

Aida Alarcón, Mónica Ortiz & Clara Moreno

 

Hubo un día que Narciso y su mono decidieron adentrarse en una cueva para arreglar los problemas del mundo. Fueron ellos los que decidieron entrar por los atributos especiales que les caracterizaban. Narciso era guapo, alto y atlético. Toda esa belleza que le envolvía le hacía creerse sabedor de todos los misterios del mundo, por lo que, cuando le contradecían, en seguida empezaba a florecer en él la inseguridad y la frustración. Por su parte, el mono era grande y gran comedor de plátanos con los que, según él decía, conseguía todo su poder y podía alcanzar la perfección. Y es que por algo tendría que ser el jefe de la manada. Cuando se daba cuenta de que las cosas no funcionaban así, se frustraba y, también a él, le asomaba la inseguridad y el miedo al fracaso.

Y ¿por qué eligieron una cueva para reunirse? Es que allí sus inseguridades se sentían más resguardadas y calentitas, ya que, al estar tan profunda, era muy difícil que alguien llegase hasta ella y pudiese, por ejemplo, dar su opinión.Tan a gusto se sentían que no repararon en la presencia de un nuevo compañero: un pequeño hombrecillo verde se postraba ante ellos con cara de muy malas pulgas. Decía venir nada menos que del sol y traía un saco en el que, por lo visto, tenía todas las respuestas a los misterios del mundo.

El mono y Narciso se miraban entre ellos sin dar crédito a lo que estaban oyendo.

— A ver, tú, que te crees tan listo, ¿qué llevas en ese saco? — preguntó este último.

—Espera — le dijo el mono —a mí me parece que le deberíamos escuchar. Tiene cara de que va a tener razón.

—Antes de explicaros nada — dijo el hombrecillo— creo que debéis entender que este sitio os nubla las ideas y la humedad no os deja pensar con claridad. ¿Verdad que aquí os sentís más seguros?

—Para nada — contestó con firmeza Narciso — esta es nuestra cueva, nuestra guarida. Aquí venimos siempre para resolver cualquier cosa.

—Es verdad. Además, yo siempre acabo dando con la solución perfecta — afirmó el mono con desahogo.

— Pensad lo que queráis. Yo os digo que en este saco tengo todas las soluciones a los misterios del mundo. — Y,  a continuación, el hombrecillo echó a correr.

 

Los dos compañeros decidieron salir detrás de él, pero, tras correr sin sentido de la orientación, dieron de bruces, literalmente, con dos caminos que se bifurcaban del ya recorrido.  A través de ambos, se mostraba una negrura espesa que apenas les dejaba ver nada, por lo que debían guiarse por su intuición.

Después de un buen rato debatiendo, llegaron a la conclusión de que cualquiera de los caminos podía ser válido. Así que decidieron, por ejemplo, tomar el de la derecha.

Unos metros más adelante se encontraron con un largo puente. El mono quería cruzarlo a toda costa, él era el rey de la selva, y ya había cruzado numerosos puentes en peor estado. Según sus cálculos, ese puente se podría cruzar perfectamente.

Narciso, por su parte, no lo tenía tan claro. Guardaba un mal recuerdo de su infancia con el antiguo puente romano y en ese momento se alzaba ante él una copia exacta.

— ¡Te  digo que no, que yo no cruzo este puente. Y tú menos mono, tú por ahí no puedes pasar!

—¡Anda que no!— le contestó el mono bien decidido — Ahora mismo te lo voy a demostrar.

 

El mono entonces se encaminó hacia el puente y cuando parecía que iba a llegar al otro lado, dio un traspié y se quedó pendido de un hilo.

Narciso no se lo pensó dos veces y corrió a ayudar a su amigo. A pesar del tamaño del mono, se lo echó a la espalda y terminaron de cruzar el puente ayudándose juntos.

Cuál fue la gran sorpresa cuando se vieron fuera de la cueva y ante ellos se desplegaba algo de lo que nunca podrían dudar: del bello paisaje de la naturaleza. Eso sí, del hombrecillo verde, ni rastro. Había quedado solo el saco vacío yaciendo en el suelo y un sol brillante que lo iluminaba todo.

 

*Este cuento es el resultado final de un ejercicio realizado en el taller cognitivo. El ejercicio consistía en elegir una persona o cosa con la que nos sintiésemos identificados en función de una serie de problemas que estábamos planteando.

Nuestros problemas eran:

  • La necesidad de que en la vida todo tenga que salir o ser perfecto, que caracterizamos como un mono grande, líder de la manada y gran comedor de plátanos.
  • El tener que encontrar las respuestas para todo por uno mismo y sin pedir ayuda lo identificamos, en este caso, con una cueva pequeña, húmeda y profunda.
  • El hecho de que una opinión o pensamiento personal tenga que ser siempre el más adecuado, de forma que dificulta el aceptar los puntos de vista ajeno, lo asociamos con Narciso, personaje guapo, rubio, alto y atlético.
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AMAI TLP, es la Asociación Madrileña de Ayuda e Investigación al Trastorno Límite de la Personalidad.