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El trauma es una «herida psicológica» provocada generalmente por situaciones abrumadoras y perturbadoras. Que son altamente estresantes que suponen una grave amenaza real o subjetiva para la vida o integridad física propia o de personas significativas. 

Una concepción más amplia del trauma incluye no solo las amenazas de violencia interpersonal, sino también experiencias menos extremas. Como una operación, humillaciones, enfermedades, cambio de residencia, cambio de rol, castigo, etc. También los traumas sociales, históricos y culturales que amenazan nuestra integridad psicológica y social como la discriminación, machismo, racismo, pobreza, desempleo, etc. Estos hechos pueden experimentarse de manera puntual y aguda o prolongadas en el tiempo puede hacer que la persona desarrolle desajustes en el funcionamiento personal y social.

La calidad de los primeros cuidados es sumamente importante. En la infancia, la supervivencia del niño/a depende de sus cuidadores. Cualquier conducta de abuso o abandono, la negligencia o la falta de atención lo puede vivir como una amenaza a su vida y, por tanto, afectarle traumáticamente. Si las personas que han de cuidarnos ignoran nuestras necesidades, o les molesta que existamos, aprendemos a anticipar el rechazo y el retraimiento. Se produce entonces una paradoja ya que normalmente cuando sentimos una amenaza, tendemos a huir y buscar refugio en quien nos pueda proteger. Pero ¿Cómo hacer cuando el cuidador es a su vez la fuente de amenaza?. Lo manejamos lo mejor que podemos, bloqueando la hostilidad o el abandono como si no importara. Pero es probable que nuestro cuerpo permanezca en un estado de alerta elevado, preparado para afrontar la amenaza, la privación o el abandono.

Los niños que no se sienten seguros en la infancia pueden tener dificultades en regular su estado de ánimo y sus respuestas emocionales al hacerse mayores. Cuando el trauma se desarrolla por experiencias infantiles adversas, podría desembocar en un trastorno de estrés postraumático agudo o crónico. O en trastornos de adaptación o cambios duraderos en la personalidad de la persona. 

Aprovecho que recientemente leí el libro “El cuerpo lleva la cuenta. Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma” de Bessel van der Kolk, para traer algunas ideas que permiten comprender el impacto que tiene en la experiencia y significado que el trauma tiene para las personas que lo han sufrido.

En él, explica que la persona traumatizada tiende a superponer su trauma a todo lo que le rodea y que le cuesta descifrar lo que sucede a su alrededor. De modo que el trauma no es algo que se produjo en el pasado, también es la huella dejada por esa experiencia en la mente, el cerebro y el cuerpo. Genera una reorganización del manejo de las percepciones y cambia no sólo cómo y en qué pensamos, sino también nuestra propia capacidad de pensar, es decir, esta huella tiene consecuencias sobre el modo en que la persona logra sobrevivir en el presente

Los estudios con escáneres muestran que, imágenes de los traumas del pasado activan el hemisferio derecho del cerebro y desactivan el izquierdo. Esta desactivación tiene un impacto sobre la capacidad de organizar la experiencia en secuencias lógicas. En un relato coherente con un inicio, un desarrollo y un final, y de traducir nuestros sentimientos y pensamientos cambiantes en palabras.

Cuando a las personas traumatizadas algo les recuerda el pasado, su cerebro derecho reacciona como si el acontecimiento traumático estuviera pasando en el presente. Como su cerebro izquierdo no está funcionando muy bien, puede que no sean conscientes de estar reexperimentando el pasado; simplemente están furiosas, agitadas, aterradas, rabiosas, avergonzadas o paralizadas. 

Las hormonas del estrés se disparan ante el trauma y no vuelven a nivel basal una vez que la amenaza ha finalizado. Las señales de lucha, huida o paralización permanecen, aunque haya pasado el peligro. El sistema de hormonas del estrés no puede realizar el equilibrado que sería esperable causando estragos en la salud. 

En este estado de alerta se encuentran activadas las defensas de la persona. Para relacionarnos y vincularnos con otros, para generar confianza, el ser humano desactivamos nuestros sistemas de defensas. En las personas con trauma esta desactivación no se produce lo que dificulta las experiencias de relaciones significativas.

El cerebro racional no es capaz de sacar al cerebro emocional de su realidad hablando. El trauma ahora se representa en el campo de batalla del cuerpo, sin una conexión consciente entre lo que sucedió y lo que está pasando ahora en nuestro interior. El recuerdo del trauma está codificado en las vísceras, en emociones dolorosas, en trastornos autoinmunes y problemas esqueléticos/musculares. 

La comunicación entre la mente, el cerebro y las vísceras es en la que se basa la regulación de las emociones.  El tálamo cuya función es la integración de la información sensorial dirigida a la corteza deja de funcionar de manera habitual. Lo cual explica por qué el trauma se recuerda como huellas sensoriales aisladas: imágenes, sonidos, y sensaciones físicas acompañadas de emociones intensas de terror e impotencia. El tálamo que normalmente actúa como filtro y ayuda a distinguir entre la información sensorial relevante. Y la información que puede ignorar ya no cumple su función, al carecer de filtros se da una sobrecarga emocional constante. 

Se empieza a hacer necesario desconectar las áreas del cerebro que transmiten los sentimientos viscerales y las emociones que acompañan. Esto produce la desactivación de área prefrontal medial del cerebro, responsable de registrar todo el abanico de emociones y sensaciones. Que a su vez que forman los acontecimientos de nuestra autoconcienciación, la percepción de quienes somos. Pensemos, ¿Cómo se pueden tomar decisiones, poner un plan en marcha, si no se puede definir que se quiere o qué intenta decirnos las sensaciones del cuerpo, que son la base de todas las emociones?

Ante la experiencia del trauma, la disociación puede hacerse presente. Implica de algún modo saber y no saber a la vez. Es decir, si no puedes tolerar lo que sabes o sentir lo que sientes, la única opción es la negación y la disociación. El efecto a largo plazo quizá es no sentirse real por dentro. Cuando no nos sentimos reales, nada importa, y eso hace que sea imposible protegerse del peligro. 

Algunas personas es posible que recurran a las drogas o el alcohol para aislarse de un mundo que se hace doloroso e insoportable.

En definitiva y cómo podemos intuir, se realiza una adaptación que resulta asoladora. En un esfuerzo para desconectarse, se adormece también la capacidad de sentirse vivo, de asimilar profundamente lo que sucede alrededor. Así como de estar concentrado, de absorber nuevas experiencias y aprendizajes, cerrándose también la posibilidad de experimentar placer y alegría genuina.

Sentir, nombrar e identificar lo que pasa por dentro es un primer paso, sin embargo, el acto de contar la historia no cambia necesariamente las respuestas físicas, emocionales, viscerales y hormonales de un cuerpo que permanece hipervigilante.

El reto no es tanto aprender a aceptar las cosas terribles que han sucedido, manejar el pasado, sino aprender a tolerar lo que se siente y saber lo que sabe desde el cuerpo, aprender que el peligro ya pasó y a vivir en la realidad del presente. De este modo poder recuperar el funcionamiento ejecutivo y, con ello, la autoconfianza y la capacidad de diversión y creatividad.