El tiempo de confinamiento parece estar llegando a su fin. Tras más de dos meses, hemos comenzado la desescalada y parece que el esfuerzo conjunto empieza a dar sus frutos. Aún no sabemos mucho sobre el Coronavirus, pero todos hemos remado en la misma dirección y hemos conseguido reducir el número de contagios y fallecidos. 

Ha sido una pausa demasiado larga, un interludio complicado para el que no estábamos preparados; un paréntesis obligado en el que todos hemos experimentado en alguna medida la incertidumbre, la inseguridad, quizá también de miedo.  

Nuestra vida ha cambiado, nuestra forma de movernos en el mundo y de relacionarnos ya no será la misma. Caminamos hacia una “nueva normalidad” que nos obliga a dibujar nuevos escenarios nada “normales” para nosotros. 

Según los epidemiólogos, este virus ha llegado para quedarse y tendremos que convivir con él, así como con las mascarillas, el distanciamiento social y los geles hidroalcohólicos. Es curioso como un patógeno de apenas treinta nanómetros ha cambiado tanto nuestra vida cotidiana. Tantos cambios, tanta incertidumbre, hacen que nos sintamos indefensos, vulnerables. Hoy observamos perplejos cómo un virus nos ha despojado de la seguridad que creíamos necesidad cubierta. 

La mayoría de las veces, lo desconocido asusta, lo que inexplorado nos produce miedo. Ahora bien, ese miedo revela hasta qué punto son inesperadamente similares nuestras frágiles vidas y nuestra humanidad común.

El Premio Nobel Orhan Pamuk (quien curiosamente prepara un libro sobre la peste de 1901), publicó hace poco un artículo en el que reflexionaba sobre este temor; este recelo primario que el ser humano ha experimentado en todas las pandemias pasadas. “El miedo, nos hace sentirnos solos, pero la conciencia de que todos estamos viviendo una angustia similar, nos saca de nuestra soledad y termina convirtiendo el miedo en solidaridad”.  

Al leer esta reflexión, mi mente divagó hasta mis propios temores y, en ese viaje interno, me topé con el momento en que todos mis miedos se hicieron presentes. Fue hace nueve meses, cuando mi psiquiatra respondió a la pregunta “¿qué me ocurre?” con un diagnóstico: “Trastorno Límite de la Personalidad”. Como ya os comenté no era la primera vez que me topaba con esta definición; once años antes, en mi primer ingreso en un hospital psiquiátrico, la respuesta a mi pregunta fue la misma, pero yo no fui capaz de enfrentarme a ello. 

En esta ocasión, me creí muy valiente, pero en realidad estaba tan asustada que no fui capaz de seguir adelante. Me llené de oscuridad, de culpa, de vergüenza… sólo se me ocurrió odiarme por lo que me ocurría y no darme tregua. Y así, convertida en temor, conviví seis meses en el lugar más tenebroso de mi mente, sintiéndome totalmente sola en un mundo lleno de gente. Sé que para muchos es un alivio recibir el diagnóstico, pero a mí me paralizó el miedo y cercioró todas mis certezas. El desenlace fue un nuevo ingreso en una unidad de psiquiatría. Aquel en el que, como ya os comenté, escuché por primera vez la palabra Coronavirus. 

Fue en aquel hospital donde entendí cómo el miedo puede empujarnos a encerrarnos en nosotros mismos, atemorizándonos con su penumbra. El miedo nos aísla, nos desarma, nos silencia. Pero también, como decía Pamuk, la conciencia de que ese dolor no es único, nos saca de nuestra soledad. 

Allí conviví con muchas personas, cada uno con su propio diagnóstico, pero todos teníamos algo en común: nos sentíamos muy solos y esa soledad, nos daba miedo. Afortunadamente, en el hospital psiquiátrico me hablaron de AMAI TLP y me explicaron que no estaba sola, que había más personas como yo y que sus especialistas podrían ayudarme.

Tras empezar la terapia en AMAI TLP, entendí esa otra cara del miedo a la que se refería Pamuk; el miedo también nos enseña a ser humildes, nos habla de nuestras limitaciones y nos obliga a mejorar. Así, desde esa humildad, podemos entender que no todo está bajo nuestro control, que hay situaciones que nos superan y que, ante el miedo, el único acto que puede salvarnos es la humildad; aceptar lo que ha tocado vivir, con las ganas puestas en mejorar, en buscar ayuda; ser humildes para reconocernos vulnerables, pero no por ello rotos del todo.

Al comprender que había otras personas con mi diagnóstico y que existían profesionales especializados en ello, dejé de tener miedo. La inquietud compartida, produce un sentimiento de solidaridad, un no sabernos solos ante lo que está ocurriendo. Con ello, parece que el miedo deja de atormentarnos y podemos descubrir cierta humildad en el hecho de no sentir nuestro temor como único, sino como un sentimiento tan global como este virus, tan inseparable de cada uno de nosotros como la fragilidad de nuestra existencia. Es en ese punto cuando el miedo se convierte en humildad, en compasión hacia nosotros mismos, pero también hacia los otros.

Me costó mucho, pero finalmente entendí que, al igual que ahora todos tendremos que convivir con este virus, yo tendría que convivir con el TLP sin esconderlo, sin tenerle miedo, con humildad. Porque no soy la única, porque ya no estoy sola en un mundo lleno de gente, porque somos muchos los que vivimos con este trastorno y a todos nosotros nos queda mucho por vivir.

Miriam Talón
#PersonasAMAITLP

AMAI TLP

AMAI TLP

AMAI TLP, es la Asociación Madrileña de Ayuda e Investigación al Trastorno Límite de la Personalidad.